Defensa de la ilusión.

 

Luisito apuntando maneras de Cazador

Texto: Luis Garcia

Fotos: Archivo y autor.

“Defender la alegría como un principio”

 

Mario Benedetti “Defensa de la alegría”

Aunque en ocasiones guarden formatos distintos, los juegos del hombre adulto comparten el mismo principio activo que los infantiles. El juego, para serlo en su plenitud, necesita de la ilusión y ésta, que normalmente viene de serie en el equipamiento de la infancia, puede llegar a perderse en la edad adulta a poco que el interesado se descuide y no la trabaje con el mimo que este delicado cristal merece.

 

 

La caza - ya lo habrán adivinado- es uno de los juegos que con los años cambia de formato pero no de esencia. En su trastienda, hay mucho de estrategia, de sudor, de trabajo en equipo, de pulsión atávica; elementos con suficiente sustancia como para que los jugadores mantengan intacta la ilusión en cada jornada. Sin embargo, muchos de los cazadores que conozco, pierden, con el paso de los años, de los fracasos y de las temporadas, su visión del juego, de la caza como juego, digo, y van al campo como guiados por una rutina más, con una ilusión adormecida o inexistente.

Rápido se les reconoce: son los cazadores que están de vuelta antes de partir, los que una y otra vez acuden a los tópicos del pesimismo; los de cualquier tiempo pasado siempre fue mejor; los de esto no es ya lo que era. Vuelta la mula al trigo. Son los tristes del campo, los que tiñen la caza de aburrimiento y la convierten en un triste ocio recurrente para los domingos de temporada. Y ojo, esta desilusión se contagia a nada que se ande con las defensas bajas, que ya lo dijo Miguel Hernández: “Yo sé que ver y oír a un triste enfada, cuando se viene y va de la alegría”.

Los cazadores no podemos permitirnos el lujo de perder la ilusión cuando salimos al campo, a pesar de los muchos pesares que hostigan a la caza, especialmente a la caza menor. A este mal tiempo de herbicidas, fungicidas y variantes francesas de la vírica, hay que plantarle buena cara, adaptarnos a lo que hay y hacer lo posible por recuperarle los pulsos al campo sin perder un ápice de ilusión.

Perder la ilusión es soltar la mano al niño que llevamos dentro a sabiendas de que definitivamente se perderá en la multitud de los hombres y de los días. Eso es, como poco, darse un tiro en el pie. Al juego, al niño, lo necesitamos imperiosamente, no sólo para darle sentido a la caza sino también, y sobre todo, para darle sentido a la vida.

 

 

 

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