La Batalla Perdida

 

Texto: Luís García.

Fotos: Archivo y Autor.

 

Junto al hambre, la sed, el instinto de supervivencia o el sexo, el impuso predatorio también tiene su sitio en el equipaje primario del hombre.Sin él, seríamos dadores de muerte, pero no cazadores. Ya en la infancia, aquellos que sentimos el latido de la caza, cogíamos el tirachinas, la ballesta o la piedra y tirábamos a dar; y lo hacíamos porque sí, guiados ciegamente por un instinto que nos devolvía a la caverna y que actuaba al margen de los dictados de la razón.

Buscarle las vueltas a un animal, tenderle añagazas o adivinarle las querencias con el único fin de darle muerte forma parte de nuestra dotación más primaria, del bagaje cardinal de nuestra herencia genética. La muerte es parte esencial de la caza, sin su concurso, ésta queda vacía de su contenido último. Negar esto es imitar a los monos de Gibraltar a la hora de no ver, no oír y no hablar. Esta verdad, que para los cazadores es axioma, no se explica desde la razón sino desde una arcana pulsión atávica.


De ahí que, por mucho que intentemos hacer las cosas bien – cosa que no siempre conseguimos- suframos una fuerte hostilidad social y mediática. Y es que esta pasión nuestra de la caza tiene mala defensa dialéctica pues ya son mayoría los que no la sienten como una llamada ancestral propia, sino como un acto injustificable y sin cabida en una sociedad moderna. Y esto es así por mucho que los antepasados de quienes hoy reniegan de la caza también se ungieran de adrenalina para hacer blanco con su lanza sobre el codillo de un mamut embravecido por el pánico. La sociedad moderna ha perdido mayoritariamente el impulso predatorio, de ahí que nuestra aceptación social como colectivo sea una batalla que debamos darla por perdida. 

 

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