PERDICES EN SIERRA (sábado 1 de noviembre de 2014)

El sábado día 1 estuve cazando con el que ha sido mi maestro en esto de la caza: mi primo Javier. Por diversas razones llevábamos tiempo sin cazar juntos y ha querido el destino que podamos volver a hacerlo en el pueblo en el que nacieron nuestras madres. Hablamos de un coto muy duro, con poca densidad de caza, sin conejos, con poca liebre y mucha jara y mucha leña. Un cazadero espectacular, casi intimidatorio, con laderones de jara y leña, grandes barrancos y mucha, mucha extensión de terreno, excesiva para una mano de dos. Pero Javier y yo estamos de acuerdo con el refranero: “Mano de dos, la de Dios; mano de tres, buena es; la de cuatro, para el gato” Y es que dos cazadores bien compenetrados en el campo dan mucho juego.

Comencé la mañana mal, me salió una perdiz en el límite del tiro, que fallé. Me cogió frío. Luego fallé varias más, ahí ya no estaba frío, todas las perdices salían en el límite y los disparos eran tenazones a 30 o 40 metros, cuando la perdiz se arranca a esa distancia el tiro ha de ser instintivo si se quiere tener alguna posibilidad, no hay margen para apuntar. Y ya no sé si no estuve fino o que la distancia era excesiva para las cuatro estrellas de mi semiautomática del calibre 20 y los 27 gramos de séptima del cartucho que utilicé. El próximo día, veremos qué ocurre cuando monte el choque de tres estrellas y use un buen cartucho de sexta.

Del sábado me quedo con dos lances y una sensación. El primer lance es el de una perdiz que marcó mi Pepa. Qué distinto es su rabeo cuando marca una perdiz a cuando detecta un conejo. En un jaral no muy alto y no muy espeso, la perra tocó el peón de la perdiz, me miró (literal) y continuó siguiendo el hilo del peón con la nariz baja y el rabeo cada vez más acusado. Le faltó cogerme de la manga de la camisa para llevarme hasta el pájaro que botó, esta vez a tiro, a unos veinte metros, cruzado. Se hizo una pelota en el aire y fue a caer en la espesura de unos jarales. Pan comido para mi Pepa que es una magnífica cobradora de perdices. Lástima que ahí no me acordé de darle al “on” de mi cámara.

El segundo lance es un cobro memorable de mi chucha Jara a una perdiz que había pinchado mi primo Javier. Aunque apenas se la ve en el vídeo, la perra marca el peón unos cincuenta metros antes de que la perdiz se amagara en una mata. Intentó volar pero el animal iba tocado.

 

Lo mejor del día, sin embargo, no fueron las cuatro perdices que logramos abatir, lo mejor fue cazar en silencio y en armonía, tener la sensación de haber hecho bien las cosas, sentir una complicidad absoluta entre dos amigos que se reencuentran donde más les gusta: en el monte. A pesar de los más de cien kilos de mi primo Javier y del insoportable dolor del metatarso de mis pies, conseguimos, a fuerza de picardía y estrategia, sacarle a ese cazadero durísimo el fruto maduro de una jornada de caza inolvidable.

 

 

 

 

 

 

Una mañana perfecta (domingo 2 de noviembre de 2014)

El domingo estrené cuartel en el coto que tengo cerca de casa, se trataba de un laderón de chaparras, jaras y aulagas, roto por alguna barranquera con arroyos de zarzón y juncos, un cazadero muy bonito aunque quizá demasiado espeso en sus bajuras por la ausencia de ganado por la zona. Cazaba con mi amigo José y con sus maravillosos podencos andaluces: Mía, Tuya, Fauna y un macho muy joven pero con un potencial increíble: Kaín, del que se oirá hablar más de una vez en este diario. Nada más comenzar, en unos espinos rodeados de juncos, mi chucha Jara detectó un conejo, comenzó a hostigarlo hasta que lo vi tratándose de escurrir por la parte alta del manchón. Por estar preparado, pude encajarle el tiro justo en el momento en el que coronaba el viso.

 

Pocos después iniciamos una mano tranquila, dejando hacer al Séptimo de Podenquería que llevábamos, sacaron varios conejos que no pudimos tirar y también un pequeño bando de perdices que fueron a posarse unos cientos de metros más adelante, en la misma ladera. Allí pude hacerme con una del pico rojo que se arrancó hacia atrás desde la espesura de encinas y jaras.

Seguimos la mano y en el zarzón de una de las barranqueras, los perros de José marcaron un conejo. Con suerte lo vi escurrirse por la parte baja y pude encajarle un tiro cuando se adentraba en la espesura. No iba mal la mañana.

Con el cupo ya hecho, seguí cazando con la esperanza de que José completara el suyo. Un nuevo bando de perdices le dio la oportunidad y descolgó una que le entró volada y le pico, un tiro nada fácil cuando el que dispara está dentro del monte y tiene que reaccionar en décimas de segundo.

Tengo que destacar la extraordinaria capacidad de la podenca “Tuya” para cobrar la caza. Cuando digo “cobrar” no me refiero a portar la caza y entregar, sino a la parte difícil, a plantarse con una rapidez increíble en el pelotazo, aun cuando la perra no haya visto el lance, y a localizar la pieza para llevársela dulcemente a su amo. Casi siempre es ella la primera en llegar, eso no es casualidad.

Ya de vuelta al coche, las perras pasaron de largo por una junquera pero mi chucha Jara, cuya nariz cada día me sorprende más, detectó el olor a miedo lagomorfo escondido entre los juncos: tocó a rebato con un ladrido y los demás acudieron en su ayuda. Con tanto perro, el conejo fue a parar a las fauces de Mía y Fauna.

A pesar de que nos faltaba un conejo para completar el cupo, decidimos poner fin a una mañana que hubiera sido perfecta de no haber sentido de nuevo este dolor en los pies que me castiga en cada piedra que piso como una penitencia impuesta tras un pecado de los gordos.

Comentarios   

#1 mounir ghorri 04-11-2014 09:47
sin comentarios, un relato delicioso, gracias por compartirlo amigo luis.
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