El Imsomnio Recurrente

No importa los años que llevemos en esto, cualquier cazador duerme poco o nada el primer día de la temporada de caza.  A mí me ocurre especialmente el primer día de caza de la codorniz.  Poco importa que hoy en día apenas queden codornices en nuestros campos, que las perchas hayan pasado del exceso al defecto; que todo le sea contrario a esta pequeña gallinácea que es capaz de hacer miles de kilómetros con la terquedad de quien cumple un mandato atávico. El primer día de la temporada no duermo.

 

Todo el sueño y el cansancio de una noche en blanco se olvida cuando echamos andar con los perros por delante y respiramos ese olor a paja húmeda de los rastrojos al amanecer. No hay olor que me haga más feliz, porque no hay un olor que me lleve tan claramente a la infancia, ese territorio que debiera ser sagrado e inexpugnable.

 

Este año me acompañaban Pepa y Jara y Tiza, una cachorrona de poco más de un año que nunca antes había olido una codorniz, ni siquiera de granja. Como era de esperar, Tiza estuvo un poco a por uvas, sin saber muy bien a qué estábamos allí.  Si no hubiera sido por ellas, el desastre hubiera sido completo, pero Jara y, sobre todo, Pepa, son perras que ya llevan unas cuantas codornices en su curriculum y saben sacarlas de los sitios más complicados.  Como podéis ver en el vídeo, el cazadero – en Guadalajara- era extremadamente fácil y las pocas regueras que lo atraviesan, apenas tenían complejidad. Espero que lo que queda de Media Veda me tenga reservado algún lance más que estos que os ofrezco. Tengo mis dudas, porque es una triste realidad que apenas quedan codornices.

 

CUESTIONANDO LAS ESTRELLAS

Tengo para mí que esto de la perdigonada de las escopetas de caza tiene tantas variables como estrellas el firmamento, pues en la mayor o menor apertura de los disparos intervienen tantos factores que no es descabellado pensar en el azar como uno de ellos. En puridad, para su análisis deberíamos acudir a un método “ceteris paribus”, muy propio de los economistas, que para estudiar el efecto de una variable, han de mantener constantes las demás que intervienen en una determinada situación. Método engañoso donde los haya pues tanto en la economía, como en los disparos de las escopetas de caza o tiro, intervienen tantas variables de manera simultánea que volverían loco al matemático más ducho en resolver ecuaciones de muchas incógnitas.

 Cuando accionamos el gatillo, intervienen tal número de circunstancias en el resultado que inevitablemente tornan cuando menos cuestionable cualquier conclusión final. Pienso en los choques, en la longitud del cañón, en las pequeñas imperfecciones que éste pueda tener en su forjado, en la pólvora utilizada, en el taco – sobre todo en el taco- en el tamaño y gramaje de los perdigones, en el cierre del cartucho, en la temperatura, en….

 Muchas veces pensamos que llevamos la combinación perfecta para una determinada distancia y nos salen tiros que claramente desmontan nuestra idea inicial. Y para muestra un botón. En el vídeo que podéis ver más abajo, comprobaréis el efecto de un disparo de mi vieja Schilling, modelo “Jabalí” del calibre 16, fabricada a finales de los años 20 del siglo pasado. Esta escopeta, que recientemente fue restaurada por las sabias manos del maestro armero “El Niño Paula”, tiene un cañón de 68cm y un choque en el cañón derecho de cuatro estrellas abiertas (no recuerdo el número exacto de décimas), pues bien, por el polvo que levanta y por el efecto del disparo, parece que estoy tirando con una estrella cuando abato este conejo que estaría a unos 20 metros de mi posición. El cartucho utilizado es un Armusa de 7ª con taco de fieltro, pensado para tiros más cercanos que largos, ya que por el material y diseño de su taco, la plomada debería adaptarse al choque de la escopeta. Pues no.

 Digo yo, si las meigas también intervendrán en este proceso, abriendo, cerrando o haciendo irregular una plomada según sean los pecados que el conejo en cuestión haya o no de purgar… No sé, haberlas, haylas. 

Luis García

 

A perdices y conejos en Borrox. (4 Febrero 2015)

Como me quedaba un día libre de las vacaciones del año anterior, me “dejé liar” por unos buenos amigos para ir con ellos a un coto en Borox (Toledo). A pesar de estar en pleno temporal de frío, viento y nieve, pusimos rumbo a tierras toledanas, porque a cazar hay que ir “aunque haga bueno”.

La Ilusión recurrente

Si una muesca faltaba en mi revólver de cazador, es la que se hace cuando consigues sacar adelante una camada de tu mejor perra de caza. Por distintas circunstancias no he podido cruzar las perras que hasta ahora he tenido pero, por fin, Júpiter y Saturno se han alineado y  esta primavera me ha traído una de las mejores manzanas que un cazador puede morder: cuatro cachorros: tres hembras y un macho, que salieron del vientre fecundo de mi Pepa, una podenca completísima que me regaló mi amigo Manuel Pedrosa.

De vuelta al 12 (domingo 1 de Febrero 2015)

Nuevo día perdices de suelta. Estos días sirven para no tocar más el resto del coto y darle tregua al campo después de una larga e intensa temporada. También para tener la esperanza, seguramente vana, de que las perdices sobrevivientes puedan aprender a vivir en libertad y sortear el hambre de los muchos depredadores que las están esperando. Esa ilusión no hay que perderla por mucho que uno la mire de reojo..